Publicado en: Sab, Jun 21st, 2014

LA CASA EN ORDEN

LA CASA EN ORDEN

Acisclo Valladares Molina

Es preciso que decidamos qué queremos.

Creo que fue el expresidente Vinicio Cerezo quien, al asumir la Presidencia de la República, habló de poner la casa en orden y recuerdo que fue el expresidente Álvaro Arzú que vio nuestra sociedad como un telar multicolor, a reconstruirse.

Pues bien, sigue siendo preciso poner la casa en orden y sigue siendo necesaria la reconstrucción de ese tejido, pero lamentablemente, en vez de ordenar, de-sordenamos y en vez reconstruir el multicolor tejido del telar, lo destrozamos.

Entre todos los muertos de uno y otro bando y entre todos los que cayeron sin pertenecer a bando alguno, fue Danilo Barillas, el democristiano que dentro del gobierno del expresidente Cerezo se hizo el silencioso paladín de poner la casa –¿era acaso posible sin la paz?– quien murió por propugnarla, quien fue asesinado por quererla y por buscarla.

Ya había renunciado Danilo Barillas, años antes, a la Secretaría General de la Democracia Cristiana Guatemalteca, el partido político de tan frustradas esperanzas, profético en su magistral opúsculo, “Preludio al Golpe”, descarnada denuncia de aquel sistema en que vivíamos, formal y encubridor, insostenible.

El expresidente Vinicio Cerezo no puso la casa en orden, pero dio importantes pasos para hacerlo –la inmolación de Danilo Barillas, callado estandarte– y promovió los primeros acercamientos, incluso a nivel de región, que la hicieron posible, Alfonso Cabrera, articulador de los esfuerzos.

No fue, sin embargo, sino el expresidente Jorge Serrano, quien logró que el Estado, en forma directa, se pusiera a hablar con la insurgencia y que los primeros acuerdos entre ambos lograran alcanzarse, lo que fue continuado por el expresidente Ramiro de Leon Carpio hasta que el expresidente Álvaro Arzú, sin regatearle mérito alguno, como fruta madura, lograra concluirlos.

¿Queríamos la paz?

¿Queríamos que lo ocurrido, no volviera a repetirse?

Y, si es así, ¿por qué nuestra más absoluta inconsistencia?

El punto de inflexión que hizo posible el proceso que culminara con la firma de la paz fue la reunión de Oslo –reunión en la que participaron la insurgencia y los partidos políticos– y este punto se produjo en el momento –¡crucial momento!– en que la insurgencia reconoció, como legítimo, el orden constitucional que nos regía legítimo, pero perfectible e imprescindible hacerlo, corregirlo y mejorarlo.

A partir de ese momento, de ese reconocimiento que se hizo de la legitimidad del orden constitucional vigente, todo se hizo posible en las pláticas de paz, incluso la reforma de la Constitución, siguiendo, para hacerlo, los pasos por esta establecidos.

¿Queríamos la paz? Es más, ¿la queremos?

Y, si es así, ¿por qué nuestra absurda inconsistencia? Lo primero que hicimos, –paso por alto esta vez la chupitinga de la paz– fue burlar lo pactado en materia de reformas constitucionales con la suma, a las pactadas, solo 12, las que habrían de aprobarse por el Congreso y someterse a consulta popular, entre necedades y ocurrencias, culposas o dolosas, hasta más de cincuenta, lo que hizo que la reforma fracasara y viniera a dejarnos una cita postergada con la historia (Y la digo postergada porque solo un necio no comprende la lectura del mapa del sí y del no, en la consulta realizada, mapa que dejó marcada la existencia de dos Guatemalas distintas).

¿Dónde, la casa en orden? ¿Dónde, el tejido multicolor de lo que somos?

¿Queríamos la paz? Y, si es así, ¿por qué nuestro desinterés, más allá de su firma por hacerla posible?

Tomado de El Periódico

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