Publicado en: Dom, Sep 30th, 2018

Hoy no quise escribir

 Por )

No siempre sucede, pero hoy no tengo ganas de escribir.

Me resisto a caer en la trampa, por lo menos hoy, de ignorar que a partir del 25 de septiembre, cambió radicalmente la historia del país.

 

Como David frente a Goliat, sólo que en este caso, en la casa de Goliat, el vocero de un pequeño y humillado pueblo centroamericano, a quién en un insolente desplante de irrespeto frente al débil, se le fijaron diez minutos de tiempo para escuchar sus reiterados reclamos por doce años de atropellos y abusos sin límites.

Y llegó a la cita, frente a un Goliat, que en su despacho y ya en persona, resultó ser un pequeño bravucón que mordiéndose la lengua, ya no tuvo tiempo de reparar los vidrios de aquel edificio, que sacudido por el pequeño David, aquella tarde memorable, sentó cátedra del límite de la tolerancia y el verdadero tamaño de la dignidad de un pequeño pueblo ofendido, que recurre en última instancia a la mágica fuerza del orgullo patrio.

Ya los interventores del inflado Goliat, habían cumplido con exceso, la infame misión de anular al gobierno nacional, y mediante la perversa maniobra de secuestrar uno de los organismos del Estado prostituyeron la majestad de la ley, y atropellaron impunemente la independencia y soberanía de la nación.

Diez minutos, eran suficientes, según él, para escucharlo desde la poltrona del poder, subido en la silla que disimulaba su pequeña estatura, de mortal cualquiera, que le permitiría transformar la autoridad de las naciones, de las que depende, como Secretario General, en despótico e irreverente Emperador de esas mismas naciones.

Le dio, según él, al disminuido Mandatario, menos de un minuto de audiencia, por cada año de sujeción sin límites ni controles, al sometimiento incondicional de una autoridad extranjera, ejercida por testaferros y esbirros hechos a la medida del abusivo e ilegal mandato, que con la ingrata complicidad de supuestos guatemaltecos, cuya nacionalidad tiene el mismo valor, que la entrega de un país cuya existencia desprecian y someten a la tutela extranjera, humillándose como inquilinos de su propia casa.

Encubiertos bajo el disfraz de campeones del combate en contra de la corrupción y la impunidad, impusieron como condición de mutuo consentimiento de los vende patrias, la misma impunidad que supuestamente combatían para poder recurrir sin castigo, a la infame corrupción de los procedimientos, haciendo del crimen proclamada virtud y de verdaderos criminales, honorables y respetados representantes de la ley y la justicia.

Ahora que en juicio y frente a Jueces que intuyen que el yugo de la intervención desaparecerá pronto, sus propios operadores comienzan a confesar los obscuros procedimientos a que recurrieron como práctica usual, compitiendo en indecencia con la que acreditaron a sus acusados, y se comienza a descubrir que el inviolable fuerte de la zona 14 pudo ser una inmune fábrica de delitos de todo tipo.  Acreditaciones mediante documentos de distinto tipo, hechos en sus oficinas, forzando a cobardes autoridades guatemaltecas a violar flagrantemente la ley de incorporación profesional permitiendo que supuestos togados de distintas disciplinas, pudieran ejercer esas calidades, sin acreditar conocimientos ni la documentación revestida de la legalidad, que exige el delicado ejercicio de diversas profesiones, y que el propio testimonio de sus actos, hizo evidente, en muchos casos, que desconocían por completo.

Sale finalmente a la luz, como se pretendió combatir a supuestos criminales con criminales confesos, con licencia e impunidad para no responder a perpetuidad por los crímenes cometidos en nuestro país.

Finalmente ya se puede tomar conciencia, al costo de la vida de honorables ciudadanos, declarados inocentes en sentencia, que fueron condenados a muerte por las decisiones de sus carceleros y que perdieron la vida por un experimento infame, único en el mundo, que dejará culpables abandonados a su suerte.

Los ejecutores guatemaltecos, que por cobardía o complacencia, se prestaron a semejante infamia, frente a los hechores intelectuales, que ya comenzaron a trasladarles la culpa como Tontos Útiles, que encarcelaron y torturaron, por cobardía y entreguismo incondicional a sus propios paisanos, a quienes hicieron víctimas de prácticas inhumanas, propias de esbirros sin alma y no de togados de las universidades nacionales.

Por eso no tenía ganas de escribir, quería disfrutar el triunfo de David frente a Goliat, en la casa de Goliat.

La palabra hecha espada vengadora y reivindicadora de la dignidad nacional

Por eso no quería escribir este domingo… aceptar, que la evidencia que rueda por el mundo comprobó, que el trono de un empleado mareado por las alturas, lo transformó en Goliat, pero fuera de la transitoria cúspide, evidenció su pequeña estatura, extremo que constató personalmente David, cuando frente a frente, revestido de dignidad, pudo verse más alto, que el falsificador de poder y de estatura.

Escribir para confirmar, que descubiertos los apátridas (sin patria), ya no serán vende patrias, porque se quedaron sin mercancía, pero aún así, insisten en defender a los criminales, presentándolos como honorables justicieros, y eso es tan nauseabundo, que me resisto a pensar que existen y mucho menos escribir refiriéndome a ellos.

Empecemos por ignorarlos, su castillo de vidrios en Nueva York, lo rompió el David de un pequeño país, libre y soberano llamado Guatemala.

Ellos sólo existirán en la negra historia, de esta negra etapa, de nuestro amado país.

Permítanme que hoy no escriba, quiero pensar que no existen, quienes no debieran existir, y que el pequeño Goliat, quedará grabado en nuestra memoria, para recordarnos, que un país no se mide por su tamaño, sino por su dignidad.

Por eso no quise escribir hoy.

Y sólo pido a Dios que los arrepentidos lleguen a tiempo de confesar su culpa, mitigada invocando la atenuante, del miedo invencible, quizá así, los nuevos jueces, sean piadosos al juzgarlos.

Para el pueblo, solo fueron una pesadilla de la que comienza incrédulo y todavía con temor a despertar.

Por esa razón, para mí no existen y tampoco me gusta escribir sobre pesadillas.

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